El idiota
El idiota El general quedó muy sorprendido.
—¿Y no tiene usted en Rusia a nadie, absolutamente a nadie que le ayude? —preguntó.
—De momento, no; pero espero… He recibido una carta que…
—Al menos —interrumpió Iván Fedorovich sin atender las últimas palabras del prÃncipe—, ¿le han enseñado a hacer algo? ¿Le impedirÃa su enfermedad desempeñar algún empleo fácil?
—No, no me lo impedirÃa. E incluso deseo vivamente tener un empleo para ver lo que puedo dar de mÃ. Durante los cuatro años en Suiza he estudiado sin cesar, aunque de modo poco sistemático, según el método personal de Schneider. Además, he leÃdo muchos libros rusos.
—¡Libros rusos! Entonces ¿lee y escribe usted correctamente?
—SÃ; con toda perfección.
—Está bien. ¿Y cómo anda de caligrafÃa?
—Mi caligrafÃa es excelente. En ese sentido poseo verdadera habilidad. Puedo jactarme de ser un calÃgrafo. Déme recado de escribir y se lo probaré en el acto —dijo el prÃncipe con vehemencia.
—Celebraré que lo haga. Lo considero esencial. Me agrada su interés en demostrármelo, prÃncipe. Es usted muy amable.