El idiota
El idiota —Tiene usted un magnÃfico material de escritorio. ¡Cuántas plumas y cuántos lápices y qué admirable papel, grueso y resistente! También su despacho es muy hermoso. Veo un cuadro que conozco: un paisaje suizo. Desde luego, tomado del natural. Estoy seguro de haber visto ese panorama en el cantón de Uri.
—Muy posible, aunque el lienzo haya sido comprado en Rusia. Da papel al prÃncipe, Gania. Ea, torne plumas y papel, y siéntese, si gusta, a esta mesita. ¿Qué es eso? —preguntó el general volviéndose a Gania, que acababa de sacar de su carpeta una fotografÃa de gran tamaño—. ¡Ah, Nastasia Filipovna! ¿Ha sido ella quien te la ha enviado? ¿Ella misma? —preguntó con viva curiosidad.
—Me la dio hace poco, cuando fui a felicitarla. Hace tiempo que se la habÃa pedido. No sé —agregó Gania con desagradable sonrisa— si me la habrá dado como para insinuarme que me he presentado en su casa, en un dÃa como hoy, llevando las manos vacÃas.
—¡No! —replicó el general, con convicción—. ¡Qué modo tienes de sacar las cosas de quicio! ¡Una insinuación de ese género en una mujer tan poco interesada! Además, ¿qué regalo ibas a hacerle? ¡Cómo no le dieras tu propio retrato! Y, a propósito, ¿no te lo ha pedido nunca?