El idiota
El idiota El boxeador, que experimentaba una excitación creciente, y que ardÃa en deseos de intervenir (e incluso parecÃa que la presencia de las mujeres obraba en él como un fuerte e inequÃvoco estimulante) tomó la palabra:
—Respecto al artÃculo, prÃncipe, reconozco ser su autor, aunque mi amigo (a quien suelo perdonar muchas cosas en razón a su mal estado de salud) acabe de criticarlo tan acerbamente. Lo escribà y publiqué en el periódico de un amigo en forma de carta. Lo único no mÃo son los versos, debidos en realidad a un escritor satÃrico. Sólo lo leà a Burdovsky, aunque no completo, y él me autorizó en el acto a publicarlo. Usted convendrá que yo podÃa haberlo hecho imprimir incluso sin su consentimiento. El derecho a la publicidad es un derecho de todos, y un derecho conveniente y útil. Creo, prÃncipe, que es usted lo bastante progresista para osar negarlo…
—No niego nada; pero reconozca que ese artÃculo…