El idiota
El idiota —Dispénseme —intervino Hipólito—. ¿No le parece demasiado sentimentalismo? No somos niños, ¿sabe? Acuérdese de que son más de las nueve. Vayamos, pues, directamente a los hechos.
—Bueno, bueno, señores —repuso Michkin—. Los hechos son que acogà la noticia al principio con desconfianza; pero luego pensé que acaso me equivocara y Pavlitchev hubiera, en efecto, dejado un hijo. Sólo me sorprendió la facilidad con que ese hijo revelaba el secreto de su nacimiento y deshonraba asà a su madre. Tchebarov, en su primera conversación conmigo, me amenazó ya con la publicidad…
—¡Qué necio! —exclamó el sobrino de Lebediev.
—¡No tiene usted el derecho… no tiene usted el derecho! —protestó Burdovsky.
—El hijo no es responsable de las inmoralidades de su padre, y la madre no tiene culpa alguna —añadió Hipólito, con fogosidad.
—Lo cual —observó tÃmidamente Michkin— me parece una razón más para evitarle…
—Veo, prÃncipe, que no sólo es usted cándido, sino que rebasa los lÃmites de la candidez —declaró el sobrino de Lebediev, con despectiva expresión.
—Y, además, ¿qué derecho tenÃa usted…? —insistió Hipólito, con voz más forzada que antes.