El idiota

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—Ninguno, ninguno —se apresuró a confesar el príncipe—. En eso tiene usted razón. Juzgué de aquel modo involuntariamente y en seguida pensé que no me asistía el derecho de atenerme en este caso a mis sentimientos personales, así como que, si creía justo atender los deseos del señor Burdovsky en consideración a la memoria de Pavlitchev, debía hacerlo a todo evento, esto es, tanto si el señor Burdovsky despertaba mi estimación como en el caso contrario. Si he mencionado eso, señores, fue para hacerles comprender que me pareció poco natural que un hijo divulgase así los secretos de su madre. Sí: eso me llevó a considerar que Tchebarov era un miserable que había sabido engañar al señor Burdovsky para formular aquella demanda.

—¡Es intolerable! —exclamaron los visitantes, varios de los cuales se levantaron de sus asientos.

—Fue precisamente por eso, señores, por lo que opiné que el señor Burdovsky debía ser un hombre ingenuo, desvalido, fácil instrumento en manos de granujas, y por lo que me creí en la obligación de ayudarle en su calidad de «hijo de Pavlitchev», empezando por sustraerle a la influencia de Tchebarov y convirtiéndome luego en un guía afectuoso y adicto para él… Decidí, además, darle diez mil rublos, importe a que ascienden, según mis cálculos, los gastos que Pavlitchev pudo hacer conmigo.

—¡Solamente diez mil! —exclamó Hipólito.


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