El idiota
El idiota —Creo, prÃncipe, que o no está usted muy fuerte en aritmética… o lo está demasiado, aunque finja ser un bendito de Dios —manifestó el sobrino de Lebediev.
El boxeador se inclinó hacia Burdovsky por detrás del respaldo de la silla de Hipólito y aconsejó a su amigo, en un rápido cuchicheo:
—¡Acepta, Antip! Toma eso por ahora y después ya veremos.
—PermÃtame decirle, señor Michkin —expuso Hipólito con voz fuerte— que nosotros no somos los imbéciles lisos y rasos que usted se figura y se figuran todos los presentes, incluyendo a estas señoras que nos miran con sonrisas tan despreciativas, y a ese gran señor —y señalaba a Eugenio Pavlovich—, a quien no tengo el gusto de tratar, aunque creo haber oÃdo hablar de él…
El prÃncipe le interrumpió, muy agitado: