El idiota
El idiota —Dispénsenme una vez más, señores, porque una vez más no me han comprendido. En primer lugar, señor Keller, usted exagera mucho en su artículo la importancia de mis bienes. Lejos de tener millones, mi herencia acaso no pasará de la octava o décima parte de lo que usted presume. En cuanto a mi estancia en Suiza no pudo costar decenas de miles. Schneider percibía seiscientos rublos por año, y mi pupilaje sólo se pagó durante los tres primeros. En cuanto a las bellas institutrices que Pavlitchev hacía venir de París, no existieron nunca sino en la imaginación del señor Keller. ¡Una calumnia más! En mi opinión, el conjunto de las cantidades gastadas conmigo está muy por debajo de los diez mil rublos, pero aun así me atuve a esa cifra, y ustedes convendrán conmigo en que, si se trataba de saldar una deuda, no podía ofrecer más al señor Burdovsky, por muy bien dispuesto que me sintiera hacia él. Y aunque quisiera hacerlo, mi delicadeza me lo impediría, porque era tanto como darle una limosna. ¡No comprendo, señores, cómo no lo ven así! Por otra parte, no contaba con que mi interés por el desgraciado señor Burdovsky terminase con esto, sino que me proponía seguir interesándome amistosamente en mejorar su suerte. Era notorio que le habían engañado, porque, si no, no habría podido consentir en una bajeza como la de que el señor Keller divulgara la vergüenza de su madre… Pero ¿por qué vuelven a indignarse, señores? ¡Así no acabaremos de entendernos jamás! Y ahora los hechos me han dado la razón. Acabo de convencerme por mis propios ojos de que mi suposición era justa.