El idiota

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—Calma, señor Terentiev, calma —respondió Gania—. Tranquilícese y no se irrite. Creo que no se encuentra usted bien, ¿verdad? Lo siento… Si usted quiere, terminaré resumiendo brevemente lo que, según mi opinión, no sería inútil expresar con todo detalle. —Y notando entre los oyentes una agitación semejante a la impaciencia, añadió—: Deseo únicamente hacer constar, para informe de todos los interesados, que si el señor Pavlitchev se mostró tan benévolo con la madre del señor Burdovsky, fue únicamente porque dicha señora era hermana de una joven de la que Pavlitchev había estado enamorado en su primera juventud, y con la que sin duda se hubiese casado si ella no hubiese muerto de repente. Poseo pruebas de que esta circunstancia, absolutamente cierta, no ha dejado sino un recuerdo muy confuso, o, con más exactitud, nulo del todo. Podría explicarles cómo su madre, señor Burdovsky, fue recogida, cuando sólo contaba diez años, por Pavlitchev, quien atendió a su educación y más tarde le dio una dote importante. Esta cariñosa solicitud inquietó a los numerosos parientes de Pavlitchev, los cuales llegaron a suponer en él intenciones de casarse con su protegida. Pero el caso fue que, en fin de cuentas, la joven, al llegar a los veinte años, se casó por amor, como puedo acreditarlo del modo más indiscutible, con un funcionario público, un agrimensor, llamado Burdovsky. De los datos recogidos por mí resulta que dicho señor Burdovsky, al recibir los quince mil rublos que constituían la dote de su mujer, abandonó el empleo para lanzarse a empresas comerciales y, como era un hombre sin espíritu práctico, le engañaron, perdió cuanto tenía y se entregó a la bebida para olvidar sus desgracias. Sus excesos acortaron su existencia, y murió a los ocho años de casado. Su viuda, según declaración de ella misma, quedó en la miseria y habría muerto de hambre de no ser por la generosa ayuda de Pavlitchev, quien le asignó una pensión mensual de seiscientos rublos. Hay innumerables testimonios, señor Burdovsky, de que Pavlitchev se mostró muy cariñoso con usted desde que era usted un niño muy pequeño. De esos testimonios, ratificados por la aserción de su madre, resulta que Pavlitchev le quería, sobre todo, porque era usted tartamudo, enclenque y enfermizo. Y Nicolás Andrievich, como se me ha demostrado, ha sentido siempre predilección por todos los infelices de ese género, en especial si eran niños. A mi juicio, ello tiene mucha importancia en este caso concreto. Finalmente, y para acabar de hacer ostensibles mis talentos de investigador, les diré que he llegado a descubrir un detalle fundamental, y es que, viendo el vivo afecto que Pavlitchev demostraba hacia usted, señor Burdovsky, porque gracias a él cursó usted los estudios superiores y le enseñó de un modo especial, los parientes y criados de Nicolás Andrievich acabaron persuadiéndose gradualmente de que era usted hijo suyo y de que el difunto señor Burdovsky no había sido más que un esposo engañado. Pero notemos que esa idea no se convirtió en creencia positiva y general sino en los últimos años de la vida de Pavlitchev, es decir, cuando sus parientes temían perder la herencia, cuando los hechos primitivos se habían olvidado y cuando no existía modo de aclarar directamente las cosas. Sin duda usted mismo, señor Burdovsky, se informó de aquella suposición y no vaciló en admitirla como una verdad. Su madre, a quien he tenido el honor de conocer recientemente, estaba informada de todos esos rumores, pero aun hoy ignora (y yo se lo he ocultado) que usted los acogiese con tanta complacencia. Yo, señor Burdovsky, he encontrado en Pskov a su muy honorable señora madre, sumida, efectivamente, en la miseria en que cayó a raíz de la muerte de Pavlitchev, y ella me ha informado, con lágrimas de reconocimiento, de que sólo vive gracias a la ayuda de su hijo… Espera mucho y cree sinceramente en sus éxitos futuros…


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