El idiota
El idiota —¿A qué viene? —repitió, con burlona sorpresa, Gabriel Ardalionovich—. En primer lugar, supongo que ahora el señor Burdovsky estará convencido de que Pavlitchev le querÃa por magnanimidad, no por sentimiento paterno. UrgÃa informar de ello al señor Burdovsky, quien hace muy poco, después de la lectura del artÃculo que saben, aprobó y sostuvo al señor Keller. Hablo de esta manera, señor Burdovsky, porque le considero un hombre honrado. En segundo lugar, resulta evidente que en todo el caso no ha habido intento de estafa, ni aun por parte de Tchebarov, lo que es importante para mà hacer constar, porque en el calor de sus palabras el prÃncipe ha sugerido que yo habÃa descubierto las maquinaciones ilegales de Tchebarov. Por el contrario, todos han procedido de buena fe, y aunque bien puede ocurrir que Tchebarov sea un perfecto granuja, en este caso ha obrado como un abogado hábil e inteligente. Ha visto aquà un asunto que podÃa dejarle mucho dinero, y no ha calculado mal, porque contaba por una parte con el desinterés del prÃncipe y su respetuoso agradecimiento hacia el difunto Pavlitchev, y por otra con el punto de vista caballeresco desde el cual considera el prÃncipe los deberes impuestos por el honor y la conciencia. En cuanto al señor Burdovsky, dadas ciertas ideas que profesa, puede afirmarse que se ha lanzado a este asunto sin ningún pensamiento de lucro personal, sino instigado por Tchebarov y los que le rodeaban y creyendo firmemente lo que le decÃan, esto es, que se trataba de hacer un servicio a la justicia, al progreso y a la humanidad. En resumen, llego a la conclusión de que el señor Burdovsky es, aunque las apariencias le condenen, un hombre irreprochable, y el prÃncipe puede con razón ofrecerle su amistad y el auxilio en metálico que le ha prometido poco antes, cuando habló de la escuela y de Pavlitchev…