El idiota
El idiota —Calle, Gabriel Ardalionovich, calle —interrumpió Michkin, realmente disgustado.
Pero era tarde. Burdovsky vociferó, con indignación:
—¡Ya he dicho no sé cuántas veces que no quiero ese dinero! No lo tomaré porque… porque no quiero… Y ahora me voy…
Ya se alejaba precipitadamente de la terraza cuando el sobrino de Lebediev le detuvo cogiéndole por el brazo y cuchicheándole unas palabras al oÃdo. Burdovsky volvió bruscamente sobre sus pasos, sacó del bolsillo un envoltorio sin abrir, en el que se veÃa escrita una dirección, y lo arrojó sobre una mesita que se hallaba al lado de Michkin.
—¡Ahà tiene su dinero! ¡Su dinero! ¿Cómo se atrevió… cómo…?
—Son los doscientos cincuenta rublos que le envió usted por intermedio de Tchebarov aclaró Doktorenko.
—¡Y en el artÃculo se habla de cincuenta! —exclamó Kolia.
El prÃncipe se acercó a Burdovsky.
—Perdone, señor Burdovsky, la culpa es mÃa… No obré bien con usted, lo reconozco, pero no le envié esa cantidad como una limosna. Me reprocho ahora… y debà reprocharme antes…