El idiota
El idiota Michkin, muy emocionado, parecÃa abatido por la fatiga y apenas pronunciaba más que palabras incoherentes.
—He hablado de estafas y de granujas, pero mis palabras… no se referÃan a usted… Me he equivocado… He dicho que usted estaba… enfermo como yo… Pero usted no es como yo… Usted… usted da lecciones; mantiene a su madre… He dicho que deshonraba usted el nombre de su madre… Pero usted la quiere: ella misma lo dice… Perdóneme… Gabriel Ardalionovich no me habÃa explicado… Me he atrevido a ofrecerle… diez mil rublos… Pero he hecho mal… Debà proponérselo de otro modo… Y ahora, ya no hay remedio… Y usted me desprecia…
—¡Esta es una casa de locos! —exclamó la generala.
—Una verdadera casa de locos, sà —apoyó Aglaya, ásperamente.
Aquellas palabras se perdieron en el bullicio general. Todos hablaban a la vez: unos disputaban, otros comentaban, algunos reÃan. Iván Fedorovich, indignado hasta el extremo, mostrando el severo aspecto de la dignidad ultrajada, sólo esperaba, para marcharse, a que se le reuniese su mujer. El sobrino de Lebediev tomó la palabra: