El idiota
El idiota —Hay que hacerle justicia, prÃncipe. Sabe usted sacar muy buen partido de su… digamos de su enfermedad, por emplear una expresión cortés. Usted se las ha arreglado para ofrecer su amistad y su dinero de modo tan hábil, que ahora es imposible para un hombre honrado aceptar ni una ni otro. Es usted muy cándido… o muy inteligente… Usted sabe mejor que nadie cuál de las dos palabras es aplicable en este caso.
—Dispensen, señores —dijo Gania, que habÃa abierto entre tanto el envoltorio—. Aquà sólo hay cien rublos y no doscientos cincuenta. Lo quiero hacer notar asÃ, prÃncipe, para evitar equÃvocos.
—Deje, deje —dijo Michkin, haciendo signo a Gania de que callase.
—No, no «deje» —atajó vivamente el sobrino de Lebediev—. Su «deje», prÃncipe, es muy ofensivo para nosotros. Nosotros no tenemos por qué ocultar nada; obramos a la luz del dÃa. Es verdad que ahà van cien rublos y no doscientos cincuenta, lo que no es igual.
—No, no es igual —dijo Gania con ingenua extrañeza.