El idiota

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—Eso es cierto —declaró, tajante, la generala—. Habla, pero despacio y sin exaltarte. Me has conmovido… Príncipe, no mereces que yo tome el té en tu casa; pero, no obstante, me quedaré. Mas no pienso presentar excusas a nadie. ¡A nadie! ¡Sería absurdo! De todos modos, príncipe, si te he ofendido, perdóname…, si quieres perdonarme, por supuesto… Además, no obligo a nadie a que se quede —dijo volviéndose a su esposo e hijas con aspecto tan irritado como si le hubiesen inferido alguna grave injuria—. ¡Sé volver sola a casa perfectamente!

No la dejaron concluir. Todos se congregaron en torno suyo. Michkin instó a los reunidos para que tomasen el té y se excusó por no habérsele ocurrido la idea antes. Epanchin contestó con algunas frases corteses y preguntó a su mujer si no tenía frío en la terraza. Casi estuvo a punto de interrogar a Hipólito si concurría a la Universidad, pero no llegó a hacerlo. Eugenio Pavlovich y el príncipe Ch. se mostraron súbitamente joviales y amables. Adelaida y Alejandra parecían extrañadas aún; pero sus semblantes expresaban satisfacción.

En resumen todos se alegraban de que la crisis de la generala hubiese pasado. Tan sólo Aglaya conservaba su expresión sombría y procuraba mantenerse al margen de los demás.


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