El idiota

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—No lo hizo gracias a Aglaya Ivanovna, ¿verdad? ¿No es esa joven su hija Aglaya Ivanovna? Tan bella es que, a pesar de no haberla visto nunca, la he reconocido en cuanto llegué aquí. Déjeme contemplar, siquiera una vez en mi vida, semejante belleza —dijo Hipólito, forzando una sonrisa—. Está usted acompañada por el príncipe, por su esposo, por sus amigos… ¿Por qué negarme la satisfacción de un último deseo?

—¡Una silla! —pidió la generala.

Y, cogiéndola ella misma, se sentó frente al joven, y ordenó a Kolia:

—Llévale luego a su casa tú mismo. Mañana, yo le visitaré.

—Si me lo permiten, pediré al príncipe una taza de té. ¡No puedo más! Creo, Lisaveta Prokofievna, que quería usted llevar al príncipe a tomar el té en su casa. ¿Sabe lo que se podía hacer? Quedarse usted aquí, pasar la velada todos juntos y tomar el té que seguramente el príncipe encargará para todos. Perdóneme que no ande con cumplidos. Yo sé que usted es buena… y el príncipe lo es también. Realmente, todos somos buenas personas. ¡Es gracioso!

Michkin se levantó para dar órdenes. Lebediev salió a toda prisa, seguido de Vera.


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