El idiota
El idiota —Gracias —dijo él, suavemente—. Siéntese usted frente a mà y hablemos. Es preciso que hablemos, Lisaveta Prokofievna —añadió, volviendo a sonreÃr—. Hágase cargo de que me encuentro por última vez al aire libre y en compañÃa, ya que dentro de dos semanas no estaré ya en este mundo con toda certeza. Asà que mis palabras son en cierto modo mi última despedida a la naturaleza y a los hombres. No soy, ciertamente, un sentimental, y, sin embargo, me complace que esto suceda en Pavlovsk. Al menos se contempla el verdor y…
—No hables, muchacho —dijo Lisaveta Prokofievna, muy asustada—. ¿No ves que tienes fiebre? Te has pasado el tiempo gritando y ahora no puedes ya ni respirar. ¡Estás exhausto!
—Ya descansaré luego. ¿Por qué no satisfacer mi último deseo? Hace mucho tiempo que deseaba conocerla, Lisaveta Prokofievna; Kolia, el único ser viviente que está casi siempre a mi lado, me ha dicho muchas cosas de usted. La considero una mujer original, incluso extravagante, como acabo de comprobar ahora mismo. Y, sin embargo, eso es lo que me ha hecho simpatizar con usted.
—¡Y yo que he estado a punto de darle un golpe, Dios mÃo!