El idiota
El idiota —Es lo que pienso hacer —dijo él, con voz ronca—, en cuanto vuelva a casa. Sé muy bien que no he de vivir más de quince días. El propio Botkin me lo ha dicho la semana pasada. Y por esta razón, si usted me lo permite, quisiera pronunciar dos palabras de despedida.
—¿Estás loco? ¡Lo que necesitas es cuidarte! ¿A qué viene hablar más en este momento? ¡Pronto, a la cama! —dijo la generala, más aterrorizada cada vez.
—Cuando guarde cama será para no levantarme más —dijo Hipólito, sonriendo—. Ayer me proponía ya acostarme para morir, pero, puesto que mis piernas podían sostenerme aún, resolví concederme dos días de tregua… a fin de acompañar a éstos… Mas estoy muy fatigado…
—Siéntate, siéntate… ¿Por qué estás de pie?
Y Lisaveta Prokofievna acercó una silla al enfermo.