El idiota
El idiota —SÃ.
—Bueno, pues no vuelvas a presentarte ante mà jamás. —Y tras un brusco movimiento para retirarse, se volvió de pronto—: ¿Vas a ir a casa de este ateo?
Señalaba a Hipólito. De repente, con un espantoso alarido, se lanzó hacia el muchacho, cuya sonrisa burlona la exasperaba.
—¡Lisaveta Prokofievna! ¡Lisaveta Prokofievna! ¡Lisaveta Prokofievna! —se oyó gritar por todas partes.
—¡Qué vergüenza, maman! —exclamó Aglaya.
La generala habÃa asido el brazo del joven y lo oprimÃa con violencia, mientras le miraba con ojos fulgurantes de cólera.
—No se preocupe, Aglaya Ivanovna —dijo Hipólto serenamente—. Su madre no es capaz de agredir a un moribundo. Y, si ella me lo permite, explicaré el motivo de mi sonrisa.
Un fuerte acceso de tos que se prolongó más de un minuto le impidió terminar la frase.
—¡Está agonizando y aun habla y habla! —clamó Lisaveta Prokofievna, soltando el brazo de Hipólito, aterrada al ver la sangre que acudÃa a los labios del joven—. ¿Por qué te empeñas en perorar? ¡Más te valdrÃa irte a la cama, desgraciado!