El idiota

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—¡Cómo éste, no! ¡Cómo éste con que nos has obsequiado, no, padrecito! —bramó histéricamente generala—. ¿Quieren dejarme en paz de una vez? —dijo con violencia a los que se esforzaban en tranquilizarla—. Si como acaba de contar usted, Eugenio Pavlovich, un abogado ha dicho en pleno tribunal que la miseria justifica el asesinato de seis personas, ello demuestra que nos aproximamos al fin del mundo. ¡No había oído aún tal enormidad! Ahora lo comprendo todo, ¿acaso creen que este sietemesino —y señalaba al anonadado Budovsky— no acabará cometiendo algún asesinato? ¡Apuesto a que lo comete! Es posible que rechace el dinero del príncipe, porque su conciencia si le permita tomarlo, pero luego irá a robarle por la noche y se apoderará de sus rublos después de asesinarle. Y robará con plena tranquilidad moral. No lo considerará como una deshonra, sino como un estallido de «noble indignación», o como «una protesta», o Dios sabe como qué… ¡Qué asco! Todo está revuelto, todo anda trastornado… A lo mejor se encuentran muchachas que han sido cuidadosamente educadas en la casa paterna y que de pronto, en plena calle, saltan a un fiacre y dicen: «Mamá: me he casado el otro día con Fulano o Mengano: adiós [11]». ¿Y esto les parece bien? ¿Es digno y natural un proceder así? ¿Constituye también una parte de los derechos de la mujer? El otro día este mocoso —y señalaba a Kolia— me hablaba de «la cuestión feminista». ¡Pero aunque la madre de ese tipo de Burdovsky sea una imbécil, su deber de hijo es respetarla! ¿Qué es eso de presentarse insolentemente aquí, de noche cerrada, con esa cara dura y decir a este necio del príncipe: «Concédenos todos los derechos, y ojo con rechistar en presencia nuestra. Muéstranos el más profundo respeto o te trataremos peor que al último criado»? En su artículo le han calumniado como villanos, y, sin embargo, se jactan de hombres que luchan por la verdad y la justicia. «No imploramos: exigimos; no te daremos las gracias: bástete la satisfacción de tu conciencia». ¡Qué magnífica moral! Pero si vosotros creéis que el príncipe no tiene derecho a vuestro agradecimiento, con igual razón puede él no sentir ninguno hacia Pavlitchev. Vosotros no le habéis prestado dinero; no os debe nada. ¿En qué podéis fundaros sino en el agradecimiento? Y puesto que apeláis a ese sentimiento en los otros, ¿por qué vosotros os consideráis con derecho a no ser agradecidos? ¡Están locos! Consideran a la sociedad bárbara e inhumana porque desprecia a una joven seducida. Pero, si es cierta, esa barbarie consiste en hacer sufrir a la mujer a causa del desprecio de la sociedad. ¡Y para arreglar las cosas proclamáis la deshonra de la mujer en los periódicos, de modo que sufra más aún! ¡Locos! ¡Insensatos! ¡No creen en Dios; no creen en Cristo! Pero yo os predigo que, en la vanidad y la soberbia que os roen, acabaréis devorándoos los unos a los otros. ¿No es esto caótico, no es absurdo, no es infame? ¡Y pensar que después de todo lo ocurrido este desgraciado les pide perdón! ¿Es posible que haya otros individuos como éstos? ¿Por qué sonríe usted? ¿Por qué me rebajo a hablarle? Pero ya me he rebajado y no hay remedio… —Y volviéndose a Hipólito, continuó—: ¡Basta de muecas, saco de huesos! ¡Está casi en la agonía y aun se dedica a pervertir al prójimo! Tú has maleado a este chiquillo —y señalaba a Kolia otra vez—, tú le has trastornado la cabeza, tú le enseñas a ser un incrédulo, tú no crees en Dios, cuando, por tu edad, aun necesitarías unos buenos azotes… ¡Maldito chicuelo! Príncipe León Nicolaievich: ¿piensas ir mañana a casa de estos hombres?


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