El idiota
El idiota —Iré —repuso Michkin, con dulzura y humildad, pero firmemente.
—Ya lo has oÃdo. Y tú contabas con ello —prosiguió la generala, interpelando al sobrino de Lebediev—. Tú estás ahora tan seguro del asunto como si tuvieses el dinero en el bolsillo, y aun pretendes alardear de magnánimo, para echarnos arena a los ojos… ¡No, hijo mÃo: a otras con ésas! ¡A mà no me engañas con tus cuentos! ¡Te comprendo muy bien!
—¡Lisaveta Prokofievna! —imploró Michkin.
—Vayámonos, Lisaveta Prokofievna; ya es hora. Nos llevaremos al prÃncipe con nosotros —dijo Ch., sonriendo, con la voz más tranquila que pudo.
Las jóvenes, realmente asustadas, se mantenÃan aparte de los demás. Su padre estaba aterrorizado. El lenguaje de su mujer habÃa dejado estupefactos a todos. Algunos, fuera del grupo, sonreÃan a escondidas. El rostro de Lebediev expresaba un verdadero éxtasis.
—Escándalos y caos como éste, señora, se encuentran en todas partes —repuso Doktorenko, procurando dominar el desconcierto que le poseÃa.