El idiota
El idiota —Déjeme en paz, Ivan Fedorovich —exclamó Lisaveta Prokofievna—. ¿A santo de qué se le ocurre ofrecerme el brazo ahora? Usted es marido y cabeza de familia: su deber era haberme sacado de aquà aunque fuese arrastrándome por los pelos si yo cometÃa la necedad de negarme a marchar. Al menos, pudo usted pensar en sus hijas… Pero ahora sabremos volver solas; no se preocupe. ¡Tengo bastante vergüenza encima para todo un año! Esperen: quiero dar las gracias al prÃncipe. SÃ, prÃncipe, muchas gracias por el placer que nos has procurado. Me has permitido escuchar a esos jóvenes. ¡Oh, qué infinita bajeza! ¡Qué escándalo y qué caos! ¡Parece una pesadilla! ¿Es posible que haya otros tipos como éstos? ¡Silencio, Aglaya! ¡A callar, Alejandra! Esto no es cosa vuestra. No dé vueltas a mi alrededor, Eugenio Pavlovich; me es usted insoportable… Y tú, querido —y ahora se dirigÃa a Michkin—, ¿vas a pedirles perdón, verdad? ¡Claro! ¿Qué menos puedes hacer sino rogarles que te perdonen después de que les has hecho la ofensa de ofrecerles una fortuna? —Y mirando al sobrino de Lebediev, vociferó—: ¿Puede saberse de qué te rÃes, charlatán? «Nosotros no solicitamos: exigimos; nosotros rechazamos los diez mil rublos…». ¡Cómo si no supieses muy bien que mañana este idiota irá en busca vuestra para ofreceros otra vez su amistad y su dinero! ¿Verdad que irás, prÃncipe? ¿Verdad que sÃ? Vamos, habla: ¿irás o no?