El idiota
El idiota —¡Aquà acabaré perdiendo la cabeza! —dijo la generala.
—Esto me recuerda —comentó Eugenio Pavlovich, riendo— la célebre defensa reciente de un abogado que, queriendo justificar a un asesino que habÃa matado a seis personas para robarles, invocaba la pobreza de su defendido como un atenuante. «Es muy natural (concluyó el defensor) que, dada la miseria en que se encontraba, mi patrocinado resolviese matar a seis personas. ¿Quién de nosotros, señores, no habrÃa pensado lo mismo en su lugar?».
—¡Basta! —rugió Lisaveta Prokofievna, temblorosa de ira—. Ya es hora de poner término a esta insensatez…
Y, presa de espantosa sobreexcitación, echó la cabeza hacia atrás y su mirada relampagueante, preñada de amenazas y retos, fulminó a todos los presentes, en quienes, en su exaltación, no distinguÃa, sin duda, los amigos ni los adversarios. Su cólera, largo tiempo contenida, sentÃa la imperiosa necesidad de descargar sobre alguien. Los que conocÃan a Lisaveta Prokofievna comprendieron que su indignación rebasaba todos los lÃmites. Al dÃa siguiente, su marido decÃa solemnemente al prÃncipe Ch.: «Mi mujer suele padecer accesos nerviosos, pero casi nunca como el de ayer. Pueden producirse una vez cada tres años, pero no tan a menudo, no tan a menudo…».