El idiota
El idiota Tras humedecer los labios en el vaso de té que lo ofreció Vera Lebediev, Hipólito lo dejó en la mesa y miró en torno suyo con cierto embarazo.
—Fíjese, Lisaveta Prokofievna —comenzó con extraña precipitación—: este servicio de té, que parece de auténtica porcelana, no ha sido usado nunca y está siempre guardado en el aparador de Lebediev. Su mujer se lo aportó en dote y él lo guarda celosamente bajo llave. Pero ahora nos ha servido el té en esta vajilla, en honor de usted, y sintiendo mucha satisfacción en hacerlo.
Se proponía decir algo más, pero se interrumpió.
—Está cohibido, como yo suponía —cuchicheó Radomsky al oído de Michkin—. Es mala señal, ¿no cree? Estoy seguro de que ahora su despecho le hará prorrumpir en alguna salida de tono que ponga a Lisaveta Prokofievna fuera de sí.
Michkin le miró, interrogativo.
—Veo que eso no le preocupa, príncipe —prosiguió Radomsky—. Le confieso que a mí tampoco. Incluso deseo esa salida de tono de que hablo. Conviene que Lisaveta Prokofievna reciba un castigo hoy mismo, inmediatamente… Y hasta que no lo reciba, no quisiera irme… Pero crea que está usted febril…