El idiota
El idiota —SÃ; no estoy bien… Luego hablaremos —repuso el prÃncipe con impaciencia, sin atender apenas a Radomsky.
Acababa de oÃr a Hipólito pronunciar su nombre.
—¿No lo cree usted? —decÃa el enfermo, con risa nerviosa—. Lo comprendo… Pero el prÃncipe no vacilará en creerlo, ni se asombrará lo más mÃnimo…
—¿Oyes, prÃncipe, oyes? —dijo Lisaveta Prokofievna, volviéndose a Michkin.
Sonaban risas en el grupo. Lebediev gesticulaba animadamente ante la generala.
—Dicen —continuó Lisaveta Prokofievna— que este payaso, el dueño de tu casa, se encargó de corregir el artÃculo en que se hablaba de ti, prÃncipe.
Michkin miró con sorpresa a Lebediev.
—¿Por qué no hablas? —exclamó la generala, golpeando el suelo con el pie.
—Ya veo —dijo Michkin, que continuaba examinando a Lebediev— que, en efecto, se han encargado de corregirlo.
—¿Es verdad? —preguntó la generala al funcionario.
Éste se llevó la mano al corazón.
—Es la pura verdad, excelencia —declaró sin el menor titubeo.
La generala, al oÃr aquella contestación, expuesta con toda firmeza, estuvo a punto de dar un salto.