El idiota
El idiota —¡Pues no se envanece de ello encima! —exclamó.
—Soy muy vil, muy vil… —comenzó a balbucir Lebediev, inclinando la cabeza con humildad y golpeándose el pecho.
—¿Y a mà qué me importa que lo seas? El miserable imagina que con decir «soy muy vil», se zafa del asunto. Y tú, prÃncipe (te lo pregunto una vez más), ¿no te avergüenzas de convivir con semejantes canallas? No te lo perdonaré nunca.
Lebediev, con acento enternecido y de convicción, afirmó:
—El prÃncipe me perdonará.
Keller, levantándose repentinamente de su asiento, se aproximó a Lisaveta Prokofievna.