El idiota

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Rompió a reír y de súbito le acometió un acceso de tos que le impidió durante un par de minutos seguir hablando.

—¡Se ahoga literalmente! —dijo la generala, mirándole con fría curiosidad—. Basta, hijo, basta. Nosotros nos marchamos…

Ivan Fedorovich, harto ya, tomó, la palabra.

—Permítame indicarle, señor —dijo con irritación—, que mi mujer está aquí en casa del príncipe León Nicolaievich, nuestro común amigo, y que en todo caso no es usted quién, joven, para juzgar los actos de Lisaveta Prokofievna, como no es usted quién tampoco para expresar públicamente en presencia mía la opinión que le merece la expresión de mi rostro. Esto es. Y si mi mujer está aquí —continuó el general con creciente enojo—, se debe a una curiosidad muy comprensible hoy día para todos: el interés de comprobar el extraño modo de ser de ciertos jóvenes… Yo mismo me he quedado acá como me paro a veces en la calle, para contemplar algo que se puede considerar como…, como…

Eugenio Pavlovich, viendo navegar al general en busca de una comparación que no lograba asir, acudió en su ayuda, diciendo:

—Como una rareza.


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