El idiota

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Era notorio que le asaltaban aislados arrebatos de animación durante los cuales salía de su especie de sueño. Y entonces, devuelto por unos instantes a la plena conciencia de sí mismo, el enfermo hablaba, recordando las ideas que le poseían en sus largas y dolientes noches de insomnio.

—¡Adiós! —exclamó bruscamente—. ¿Creen que es fácil para mí decirles «adiós»? ¡Ja, ja!

Sonrió de ira al darse cuenta de lo torpe de la pregunta. Y, como furioso de no acertar a decir nunca lo que quería, prosiguió en voz fuerte e irritada:

—Excelencia, tengo el placer de invitarle a mi entierro, si se digna honrarlo con su presencia. Extiendo a todos ustedes, señores, la misma invitación que al general.

Y rio con la risa de un demente. Lisaveta Prokofievna, inquieta, acercóse a él y le tomó por un brazo. Él la miró fijamente, sin dejar de reír. Al cabo, su rostro adquirió una expresión seria.

—¿Sabía usted que he venido aquí para ver los árboles? —Y señalaba a los del parque—. ¿Es ridículo? Dígame, ¿lo es? —preguntó con insistencia a Lisaveta Prokofievna.


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