El idiota

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Y, sin darse apenas cuenta de lo que hacía, tendió la mano a Radomsky y hasta sonrió. Tal arranque dejó asombrado de momento a Eugenio Pavlovich. Pero, sin embargo, tocó con grave talante la mano que se le ofrecía en signo de perdón.

—Debo decirle —manifestó luego con el mismo equívoco aire de gravedad— que le agradezco la benevolencia con que me ha consentido explicarme, ya que, nuestros liberales tienen la costumbre de no permitir a los demás poseer una opinión propia, y se apresuran a contestar a sus antagonistas con injurias, cuando no recurren a argumentos más desagradables aún.

—Es muy cierto —comentó Ivan Fedorovich.

Y, cruzándose las manos a la espalda, se dirigió, con airado aspecto, a la escalera de la terraza, donde permaneció en pie, temblando de cólera.

—Vamos, basta. ¡Me carga usted! —dijo Lisaveta Prokofievna a Radomsky.

Hipólito se levantó, inquieto, casi asustado.

—Es muy tarde —dijo mirando a todos con turbación—. Les he entretenido mucho y tengo que dejarles. Quería explicárselo todo… Pensaba que todos… tratándose de la última vez… Pero era una fantasía…


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