El idiota

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—Ya he terminado casi —siguió Radomsky Sólo quería observar que de esas premisas se desprende fácilmente la posibilidad de deducir el derecho de la fuerza, esto es, el derecho de los puños del capricho personal. Por lo demás, ya se ha alcanzado esta conclusión antes de ahora. Proudhon ha llegado a admitir el derecho de la fuerza. Durante la guerra de Norteamérica algunos de los más avanzados liberales se declararon partidarios de los plantadores alegando que la raza negra es inferior a la blanca y que, por tanto, el derecho de la fuerza estaba en los blancos.

—¿Y qué más?

—¿No niega usted el derecho de la fuerza?

—¿Qué más?

—Parece que es usted consecuente. Pero quería hacerle observar que del derecho de la fuerza al de los tigres o los cocodrilos, o al de los Danilov o los Gorsky, no media ni un paso.

—No lo sé. ¿Qué más?

Hipólito no escuchaba apenas a Radomsky. Profería sus «¿Qué más?», maquinalmente, por costumbre de hablar, sin el menor interés en la pregunta.

—Nada más. Eso es todo.

—Le advierto que no estoy enojado contra usted —dijo súbitamente Hipólito.


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