El idiota
El idiota —Yo… usted… —comenzó, alegre—. Usted no sabe cómo yo… ¡Kolia me ha hablado siempre de usted con tal entusiasmo…! Por ese entusiasmo es por lo que me agrada. Yo no le he pervertido jamás. Voy a abandonarle también, como a todos. Y era mi único amigo. Quisiera haberle dejado todos mis amigos; pero no he tenido ninguno… ¡Cuántas cosas he querido hacer! Y tenÃa el derecho de hacerlas… Pero ahora ya no deseo nada, renuncio a toda voluntad; lo he jurado. ¡Qué los hombres busquen la verdad sin mÃ! SÃ: la naturaleza es irónica. Si no —añadió, con insólita vehemencia—, ¿por qué crea hombres superiores para burlarse de ellos a continuación? Cuando algún ser ha sido reconocido como perfecto en la tierra, la naturaleza le ha dado por misión decir cosas capaces de producir tales torrentes de sangre que, vertidos de una vez, hubiesen ahogado a la humanidad entera. Más vale que yo muera. Porque, si no, acabarÃa diciendo alguna espantosa mentira. ¡Ya se encargarÃa de ello la naturaleza! No he corrompido a nadie. Aspiré a vivir para procurar la dicha de todos los hombres, para buscar y difundir la verdad. Miraba por la ventana la casa Meyer y juzgaba que me bastarÃa un cuarto de hora de hablar desde allà para convencer a todos, a todos. Y para una vez que entro en contacto, no con la multitud, sino con ustedes, ¿qué ha resultado? Nada. ¡Ha resultado que me desprecian! Y no habré conseguido dejar el menor recuerdo de mÃ. Ni un acto, ni una voz, ni una huella, ni una sola idea propagada. No se burlen de este imbécil. OlvÃdenle, olvÃdenle para siempre. ¡No tengan la crueldad de acordarse de él! ¿Saben que, si no estuviera tuberculoso, me matarÃa?