El idiota
El idiota ParecÃa desear seguir hablando; pero calló de repente, se desplomó en un sillón y, tapándose el rostro con las manos, se puso a llorar como un niño pequeño.
—¡Dios mÃo! ¿Qué hacemos con él? —exclamó Lisaveta Prokofievna, lanzándose hacia el enfermo, y estrechando contra su pecho aquella cabeza agitada por los sollozos—. Vamos, vamos, vamos, basta ya. No llores. Veo que eres un buen muchacho. Dios te perdonará considerando tu inexperiencia. Sé hombre. Luego te arrepentirás de haber llorado…
—En casa —dijo Hipólito, levantando la cabeza— tengo un hermano y hermanas. Son niños pequeños, pobres, inocentes. Ella acabará pervirtiéndolos… Es usted una santa, es usted… una niña… Sálvelos: quÃteselos a ella. Es una mujer sin pudor… Ayúdelos, socórralos… ¡Dios le devolverá ciento por uno! ¡Hágalo por amor de Dios… por amor de Cristo!…
—Ivan Fedorovich —estalló la generala— haz algo, di lo que hacemos, rompe ese mayestático silencio… Si no decides algo, te aseguro que me quedaré aquà a pasar la noche. ¡Estoy harta de que me tiranices con tu despotismo!