El idiota

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La generala hablaba con exaltada ira, esperando una contestación inmediata. Pero en casos así, los oyentes, por numerosos que sean, suelen contentarse todos con callar, reservando para más tarde el expresar sus opiniones. Entre las personas allí reunidas había varias —como, por ejemplo, Bárbara Ardalionovna— que hubieran permanecido hasta la mañana siguiente sin proferir palabra. La hermana de Gania no había abierto la boca en todo el tiempo, acaso porque tuviese especiales razones para callar.

—Mi opinión, querida —dijo el general—, es que una enfermera sería mucho más útil que tú, con tu agitación. Acaso tampoco estuviese de más buscar un hombre de confianza… En todo caso, hay que consultar al príncipe y dejar descansar al enfermo. Mañana podremos ocuparnos de él.

—Nosotros nos vamos. Es casi medianoche —dijo Doktorenko a Michkin, con tono enojado—. ¿Se va Hipólito con nosotros o se queda con usted?

—Si quieren, pueden quedarse con él. Sitio no falta —repuso Michkin.

Con gran asombro de todos, Keller adelantó vivamente hacia el general.


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