El idiota

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—Excelencia —dijo—, si se requiere un hombre seguro, de confianza, para velar a Hipólito por la noche, cuenten conmigo. Estoy dispuesto a sacrificarme por mi amigo. ¡Tiene un alma tan elevada! Hace mucho que le considero como un gran hombre, excelencia. Reconozco que mi instrucción ha sido descuidada; pero los pensamientos de este joven son perlas, verdaderas perlas, excelencia.

El general se apartó, lleno de desesperación.

—Encantado con que se quede —contestó Michkin a las vehementes instancias de Lisaveta Prokofievna—. Sin duda le será difícil volver a San Petersburgo.

—Pero ¿te dormirás? Porque ya ves su estado… Si no quieres que se quede aquí, le llevaré a mi casa… ¿Qué te sucede a ti? ¡Si apenas puede sostenerse en pie, Dios mío!

Al no encontrar a Michkin en su lecho de muerte, Lisaveta Prokofievna, juzgando por el buen aspecto del príncipe, le había creído mejor de lo que estaba en realidad. Pero su reciente dolencia, los penosos recuerdos a ella referentes, las emociones de la tarde, el incidente del «hijo de Pavlitchev» y ahora el de Hipólito, habían excitado al príncipe al extremo de reducirle a un estado casi febril. En aquel momento, además, se leía un nuevo temor y una nueva preocupación en sus ojos. Contemplaba a Hipólito con inquietud, como si esperase alguna nueva ocurrencia del muchacho.


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