El idiota
El idiota De pronto Hipólito se incorporó. Su rostro, espantosamente pálido y descompuesto, revelaba una infinita vergüenza lo que se manifestaba sobre todo en la mirada horrible, casi desesperada, que paseó sobre los reunidos, y en la sonrisa que crispó, con extravío, sus temblorosos labios. Bajó los ojos y con paso vacilante fue a reunirse a Burdovsky y Doktorenko, que esperaban a la entrada de la terraza, decidido a marcharse con ellos.
—¡Lo que yo temía! —gritó Michkin—. ¡Lo que había de suceder!
Hipólito se volvió súbitamente a él, presa de una rabia frenética que hacía temblar todos los músculos de su rostro.