El idiota
El idiota —¡Lo que usted temÃa! ¡Lo que habÃa de suceder, según usted! Pues óigame: si a alguien aborrezco de los que hay aquà (¡y los odio a todos, a todos!) —gritó con voz ronca y sibilante, que brotaba de su boca entre una granizada de saliva—, es a usted. ¡A usted, alma jesuÃtica, espÃritu de almÃbar, millonario filantrópico, idiota! ¡Le odio más que a todos! Hace tiempo que le he comprendido y odiado: desde que oà hablar de usted empecé a detestarle con todas las fuerzas de mi corazón. ¡Es usted quien ha provocado todo esto, usted quien ha motivado el acceso que sufro! Usted ha impelido a un moribundo a deshonrarse; usted, usted, usted ha sido la causa de mi cobarde pusilanimidad… Si yo no muriese, le matarÃa. No necesito sus bondades; ni aceptaré nada de nadie; ¿lo oye? Antes he delirado; no tenga la audacia de creerse triunfador… ¡Les maldigo a todos de una vez para siempre!
Hubo de callar; le faltaba el aliento.
—Se avergüenza de sus lágrimas —dijo Lebediev, en voz baja, a la generala—. No podÃa ser de otro modo. ¡Qué hombre ese prÃncipe! HabÃa leÃdo en su alma…