El idiota
El idiota Lisaveta Prokofievna no se dignó contestar al empleado. Con el busto orgullosamente erguido, la cabeza hacia atrás, examinaba a aquella «gentuza» con curiosidad desdeñosa. Por su parte, cuando Hipólito dejó de hablar, el general se encogió de hombros. Su mujer le examinó de arriba abajo como pidiéndole una explicación de su ademán, y luego se volvió hacia Michkin.
—Gracias, príncipe, gracias extravagante amigo de nuestra familia, por la agradable velada que nos ha procurado a todos. Tengo la seguridad de que ahora está satisfecho al haber conseguido asociarnos a sus extravagancias. No nos son necesarias más, mi querido amigo. Gracias en todo caso por habernos ofrecido una oportunidad de conocerle bien.
Con mano temblorosa de cólera, empezó a arreglarse el chal, esperando la marcha de aquella «gentuza». En aquel momento llegó el coche de alquiler que por orden de Doktorenko, había ido a buscar quince minutos antes el hijo menor de Lebediev. El general Epanchin se juzgó obligado a reforzar las palabras de su mujer.
—La verdad, príncipe, es que yo no hubiera esperado nunca semejante cosa, teniendo en cuenta que… dadas nuestras amistosas relaciones… Además, Lisaveta Prokofievna…
—¿Cómo ha podido ocurrírsele esto? ¡Parece mentira…! —dijo Adelaida acercándose rápidamente al príncipe y tendiéndole la mano.