El idiota
El idiota Michkin sonrió a la joven, turbado. En aquel momento sintió un cuchicheo junto a su oÃdo.
—Si no pone usted a esa chusma en la puerta, le aborreceré toda mi vida —decÃa la voz sorda de Aglaya.
Hablaba como en un frenesÃ. Pero antes de que Michkin pudiese mirarla, volvió el rostro. Por otra parte, ya no habÃa oportunidad de poner en la puerta a nadie, dado que en el intervalo Hipólito habÃa sido instalado, mal o bien, en el coche, y éste habÃa partido.
—¿Hasta cuándo vamos a estar aquÃ, Ivan Fedorovich? ¿Qué te parece? ¿Hasta cuándo voy a tener que soportar a estos chicuelos mal educados?
—Estoy dispuesto, querida… ¡No faltaba más! Y el prÃncipe…
No obstante, el general tendió la mano a Michkin; pero luego, sin esperar que éste se la estrechase, se unió a su mujer, quien se retiraba ya evidenciando vivÃsima indignación. Adelaida, el novio de ésta y Alejandra se despidieron de Michkin con sincera cordialidad. Eugenio Pavlovich, único que conservaba su jovialidad, les imitó.
—Ha sucedido lo que yo preveÃa. Lo único lamentable, querido prÃncipe, es que haya pagado usted las consecuencias —murmuró con amable sonrisa.
Aglaya salió sin despedirse.