El idiota
El idiota Pero aquella velada debía terminar con un último lance. Lisaveta Prokofievna estaba destinada a tener aún otro encuentro inesperado. En el momento en que la generala, descendiendo la escalera, se aproximaba al camino que circuía el parque, un magnífico carruaje tirado por dos caballos pasó al galope ante la casa de Michkin. En el carruaje iban sentadas dos damas elegantísimas. Como diez pasos más allá, los caballos se detuvieron de repente, obligados por el cochero, y una de las damas volvió la cabeza de pronto, tal que si acabase de ver por casualidad un rostro conocido.
—¿Eres tú, Eugenio Pavlovich? —gritó una voz melodiosa y fresca cuyo sonido hizo estremecerse al príncipe y acaso a alguien más—. ¡No sabes cuánto me alegro de haberte encontrado! Te envié dos propios a San Petersburgo. ¡Se han pasado todo el día buscándote!