El idiota
El idiota Eugenio Pavlovich se quedó inmóvil en la escalera. Aquellas palabras le habÃan producido el efecto de un latigazo. Lisaveta Prokofievna se detuvo también, aunque no experimentase el espanto y el estupor que clavaban a Radomsky en el mismo sitio en que fuera interpelado. El orgullo, el frÃo desdén con que antes examinara la generala a la «gentuza» reaparecieron en su rostro cuando distinguió a la insolente, y cuando, un instante después, miró, a Radomsky. —Hay novedades —siguió la voz cantarina—. No te preocupes de los pagarés que firmaste a Kupfer. He conseguido que Rogochin los rescatara por treinta mil rublos. Asà que tienes tres meses de tranquilidad. Con Biskup y toda esa gentecilla ya nos arreglaremos. Son conocidos. Asà que las cosas van bien. ¡Alégrate, hombre! ¡Hasta mañana!
El coche reanudó la marcha y en breve desapareció.
—¡Está loca! —exclamó Pavlovich, rojo de ira, mirando en torno suyo con extravÃo—. ¡No comprendo una palabra de lo que dice! ¿A qué pagarés se refiere? ¿Y quién es?
Lisaveta Prokofievna le contempló con fijeza durante un par de segundos. Luego, con súbito movimiento, tomó el camino de su casa, seguida por los demás. Un minuto después, Michkin vio llegar a la terraza a Eugenio Pavlovich, agitadÃsimo.