El idiota
El idiota Tres días transcurrieron antes de que se calmara la cólera de las Epanchinas. Aunque Michkin, como de costumbre, se atribuyese gran parte de la culpa y se creyera realmente merecedor de castigo, no había supuesto que Lisaveta Prokofievna hablase seriamente y más bien la juzgaba furiosa consigo misma. Así, tan largo lapso de animosidad hízose sentir, al tercer día, una sombría y dolorida sorpresa. Aun había otras circunstancias que contribuían a confundirle, y una, en especial, adquirió gradualmente a los ojos de Michkin una importancia enorme, excitando aún más su sensibilidad. Hacía tiempo que venía observando en sí mismo, con harto disgusto, dos tendencias opuestas, tan exageradas la una como la otra; de una parte su excesiva, inoportuna e insensata inclinación a confiar demasiado en la gente; de otra una tenebrosa desconfianza. En resumen, el incidente de la extravagante mujer que interpelara desde su coche a Eugenio Pavlovich había alcanzado en el espíritu de Michkin alarmantes y misteriosas proporciones. Para él, el fondo del enigma se reducía a esta pregunta: ¿era él, hablando en rigor, digno de censura por aquella nueva «monstruosidad», o era…? Pero no acertaba con quién podría ser. Respecto a las letras N. F. B., no veía en ellas más que una broma inocente, la más pueril de las chanzas. Y se hubiese reprochado casi como deshonroso el atribuir importancia a cosa semejante.