El idiota
El idiota —Ya lo oÃ, ya, querido prÃncipe, pero no puede ser exacto. Es imposible que Eugenio Pavlovich, que es rico, haya firmado pagarés. Cierto que antaño, a causa de su atolondramiento, atravesó ciertas dificultades pecuniarias… Yo mismo le he sacado de algunas… Pero que, en su situación, haya aceptado pagarés a un usurero y que tenga en consecuencia motivos de preocupación… es inadmisible. Tampoco puede tutearse con Nastasia Filipovna, y ésta es, sobre todo, la clave del problema. El asegura que no lo comprende, y le creo. Pero quisiera preguntarle, prÃncipe, si sabe usted algo. Es decir, que, si por alguna casualidad, no habÃa llegado a sus oÃdos algún rumor…
—No sé nada y le aseguro que no he intervenido para nada en eso.
—¡PrÃncipe, por Dios! ¡No le reconozco! ¿Cómo iba yo a suponerle cómplice de semejante cosa? ¡No está usted hoy en sus cabales!
Y abrazó a Michkin con efusión.
—¿Semejante cosa? Yo no veo que eso pueda calificarse de «semejante cosa».
—SÃ, porque sin duda esa persona ha querido perjudicar a Eugenio Pavlovich atribuyéndole ante testigos malas cualidades que él no tiene ni puede tener —repuso, harto secamente, el prÃncipe Ch.