El idiota
El idiota Después, los visitantes se separaron de Michkin en los términos más afectuosos, y hasta se podría decir más fraternales.
Su marcha dejó muy preocupado a Michkin. Cierto que desde la noche precedente (y acaso desde antes) había sospechado diversas cosas; pero hasta esta visita no había tenido plena certeza de lo que pudiese existir de fundado en sus temores. Ahora el príncipe Ch. acababa de confirmárselos. Se engañaba, sin duda, en la interpretación del hecho; mas aun así, Ch. no estaba lejos de la verdad al adivinar en todo aquello una intriga. «Por ende —se decía Michkin— acaso él se dé perfecta cuenta de la realidad, y haya querido esconderla ante mis ojos». Un punto indudable era que sus visitantes (o al menos el príncipe Ch.) habían ido a su casa con la intención de obtener aclaraciones, y, pues era así, le imaginaban directamente complicado en la intriga. Y, además, si aquello tenía tal importancia, Nastasia Filipovna perseguía notoriamente un fin y un fin terrible. Pero ¿cuál? La pregunta espantaba al príncipe. ¿Cómo impedírselo? «Cuando esa mujer resuelve una cosa, nadie es capaz de conseguir evitar que la ponga en práctica». Michkin lo sabía por experiencia. «¡Está loca, loca!».