El idiota
El idiota Pero si Gania esperaba toda una serie de preguntas impacientes, de confidencias involuntarias, de expansiones amistosas, se hallaba extraordinariamente equivocado. Durante los veinte minutos que su visitante estuvo con él, el príncipe permaneció pensativo, distraído, sin formular una sola de las preguntas que Gania esperaba. Y éste resolvió entonces atenerse a igual reserva. Mientras hablaron, charló sin cesar, bromeó jovialmente, con ligereza y gracia, y se abstuvo de tocar el punto esencial.