El idiota
El idiota Gania llegó, en efecto, después de la comida, a cosa de las seis. A la primera mirada que le dirigió Michkin se dijo que el visitante debía conocer todos los detalles del asunto. ¿Y cómo no, si podía informarse cerca de personas tan bien enteradas como su hermana y Ptitzin? Pero las relaciones que los dos hombres mantenían eran de una naturaleza muy particular: así, por ejemplo, el príncipe había puesto el asunto de Burdovsky en manos de Gabriel Ardalionovich, y esta muestra de confianza no era la única que le diera. Mas existían ciertos extremos sobre los que ambos evitaban hablar por una especie de acuerdo tácito. Parecíale a veces a Michkin que Gania hubiese deseado más franqueza y cordialidad en su trato mutuo. Ahora, por ejemplo, Michkin creyó advertir, cuando vio entrar al joven, que éste juzgaba llegado el instante de romper el hielo. Por otra parte, Gabriel Ardalionovich tenía prisa, ya que su hermana le esperaba en casa de los Lebediev y ambos habían de hacer algunas cosas.