El idiota
El idiota —¿Qué quieres decir? —exclamó, muy desconcertado, Iván Fedorovich—. Escucha, Gania: procura no contradecirla hoy; te lo ruego… Esfuérzate en ser con ella lo más amable que puedas… ¿Por qué haces esa mueca?, óyeme, Gabriel Ardalionovich: ¿qué es lo que nos proponemos? Si no lo decimos ahora no lo diremos nunca. Respecto a mi interés personal en este asunto, bien sabes que no tengo por qué inquietarme: resuélvase como se resuelva la situación, siempre será en ventaja mÃa. Nada hará desistir a Totsky de la decisión tomada, y por tanto yo no corro riesgo alguno. De modo que si algo me propongo, es únicamente tu bien. Piénsalo… ¿No tienes suficiente confianza en mÃ? Además, tú eres un hombre que… En una palabra, eres un hombre inteligente y yo me fundaba en tu inteligencia en este caso porque…, porque…
Gania acudió en auxilio del titubeante general:
—Porque ella constituye lo principal en este asunto —acabó.
Y una sonrisa maligna plegó sus labios. Ni siquiera se esforzó en disimularla. Sus ojos centelleantes miraban fijamente a Epanchin como queriendo leer en sus ojos cuanto albergaba su mente. El general se ruborizó y se enfureció a la vez.