El idiota
El idiota —Pero el caso es que Burdovsky ha reconocido su error, incluso en contra de Doktorenko. Y puesto que es vanidoso, más mérito tiene que haya dominado su vanidad. ¡Es usted una niña, Lisaveta Prokofievna!
—¿Quieres que te dé una bofetada?
—No, de ningún modo. Pero, ya que la carta le agrada, ¿por qué lo oculta? ¿Por qué se avergüenza de sus sentimientos? ¡Siempre es usted la misma!
—¡Ahora sà que no volveré a permitirte poner los pies en casa jamás! —dijo ella, levantándose, pálida de ira—. ¡No quiero respirar el mismo aire que tú!
—Y de aquà a tres dÃas vendrá a pedirme que la visite. No se avergüence de esos sentimientos, que son lo mejor de su alma. No hace usted más que atormentarse en vano.
—¡Asà me muera si vuelvo a visitarte otra vez! ¡Olvidaré hasta tu nombre! ¡Ya lo he olvidado!
Y se alejó bruscamente del prÃncipe.
—Antes de esa prohibición, ya se me habÃa vedado visitarla —le gritó Michkin.
—¿Queeeé? ¿Quién te lo habÃa prohibido?
Y se volvió de repente, con un movimiento tan vivo como si se hubiese pinchado con una aguja. Michkin, comprendiendo que acababa de hablar más de la cuenta, titubeó.