El idiota
El idiota —RÃe si gustas. No por eso deja de ofrecérsele un porvenir gracias a su pluma —repuso Iván Fedorovich—. Seguramente no acertarÃa usted, prÃncipe, a qué personaje van a ser dirigidos los escritos que salgan de su mano. Puede usted contar con un sueldo inicial de treinta y cinco rublos al mes. Pero ya son las doce y media —continuó mirando su reloj— y el tiempo me apremia. Hablemos, pues, de negocios, prÃncipe, porque acaso no tengamos ocasión de volver a vernos hoy. Siéntese un momento. Ya le he dicho que no podré recibirle muy a menudo, pero deseo sinceramente ayudarle un poco… Entendámonos: muy poco; sólo lo preciso para subvenir a sus necesidades más urgentes. Luego, una vez colocado, le dejaré abrirse camino por sà solo. Voy a buscarle un empleÃto en algún departamento en donde no tendrá usted exceso de trabajo, pero donde habrá de ser muy puntual. Y respecto a lo demás, escúcheme. Mi joven amigo Gabriel Ardalionovich Ivolguin, aquà presente, y con quien deseo verle en buenas relaciones, vive con su familia, es decir, con su madre y su hermana. Estas señoras tienen dos o tres habitaciones debidamente amuebladas, que alquilan, incluyendo mesa y servicio, a personas de buenas referencias. Estoy seguro de que Nina Alejandrovna atenderá mi recomendación respecto a usted.