El idiota
El idiota Michkin notó que Aglaya, abandonando su lugar anterior, se acercaba a la mesa. No osó dirigirle la mirada, pero adivinaba que ella le estaba mirando, acaso con talante amenazador, y que seguramente los ojos negros de la joven relampagueaban y su rostro estaba cubierto de púrpura.
—Me parece, Nicolás Ardalionovich, que ha hecho usted muy mal en traerle a Pavlovsk…, si se refiere usted a ese muchacho tuberculoso que el otro día lloraba y nos invitaba a su entierro —comentó Eugenio Pavlovich—. Habló con tanta elocuencia de la pared frontera a su casa, que seguramente tendrá nostalgia de ella, créame…
—Eso es cierto: disputará contigo, te armará un escándalo y se irá. ¡Eso es lo que te espera!
Y sin hacer caso de que todos se habían levantado ya para salir de paseo, Lisaveta Prokofievna, con digno ademán, atrajo hacia sí la cesta que contenía su labor.
—Recuerdo que pronunció muchas frases a propósito de aquella pared —continuó Eugenio Pavlovich. Sin ella no podrá morir elocuentemente, lo que es muy importante para él.
—Si usted —dijo Michkin— no quiere perdonarle, morirá lo mismo sin su perdón… Ahora viene aquí para ver los árboles y…