El idiota
El idiota —Por lo que a mà respecta, se lo perdono todo. Puede decÃrselo.
—Lo que he dicho no debe considerarse en tal sentido —murmuró Michkin en voz baja y como a su pesar, con la mirada fija en tierra—. Es necesario también que acceda usted a recibir su perdón.
—¿Qué le he hecho yo? ¿En qué le he perjudicado?
—Si usted no lo comprende… Pero sà lo comprende… En ese caso, él quisiera bendecirle y recibir su bendición. Nada más.
El prÃncipe Ch., algo inquieto, cambió una mirada con algunos de los presentes; y dijo:
—Querido prÃncipe, no es fácil conseguir el paraÃso en este mundo. Y me parece que se hace usted ilusiones en sentido contrario. El paraÃso es cosa difÃcil de hallar, prÃncipe, mucho más difÃcil de lo que juzga su buen corazón. Más vale que dejemos las cosas como están. Si no, habrá desasosiego para todos y luego…
—Vayamos a oÃr la banda —decidió bruscamente Lisaveta Prokofievna, levantándose de su asiento.
Y los demás la imitaron.