El idiota
El idiota Michkin se dirigió súbitamente a Radomsky.
—Eugenio Pavlovich —dÃjole con insólita vehemencia, estrechándole la mano—, tenga la certeza de que le considero a pesar de todo, como el mejor y más noble de los hombres…
En su asombro, Radomsky retrocedió un paso. Luchó por un instante contra un vivo deseo de reÃr; pero luego, mirando detenidamente a parecióle notar que éste no tenÃa conciencia de sus actos, o al menos se hallaba en un estado muy especial.
—Apuesto, prÃncipe —dijo—, a que no querÃa usted decirme eso, ni tal vez dirigirme la palabra. Pero ¿qué le pasa? ¿Se siente mal?
—Acaso… Es muy posible. Ha notado usted con mucha perspicacia que yo me proponÃa no hablarle.
Y al pronunciar tales palabras el prÃncipe tenÃa en los labios una sonrisa extraña, casi absurda. Prosiguió con calor:
—No me recuerde mi comportamiento de anteayer. Me siento profundamente avergonzado; sé que soy culpable…
—Pero ¿qué crimen tan horrible cree usted haber cometido?