El idiota
El idiota —Ya veo que debe usted, Eugenio Pavlovich, estar más avergonzado de mà que nadie. Se ruboriza usted, lo que delata que tiene buen corazón. Pero voy a marcharme en seguida; esté usted seguro.
—¿Qué le pasa? ¿No se inician asà los ataques del prÃncipe? —preguntó, aterrorizada, la generala a Kolia.
—No se asuste, Lisaveta Prokofievna: no voy a sufrir ningún ataque. Pero sà a irme. Sé que soy… un anormal. Desde mi nacimiento hasta que cumplà los veinticuatro años he estado enfermo. Consideren mi actitud como cosa de un hombre enfermo aún. Voy a marcharme en seguida; no lo duden. No estoy avergonzado (serÃa absurdo avergonzarse de ello, ¿no es cierto?); pero me siento fuera de mi centro en la sociedad.